Reválidas e innovación educativa




La publicación del Real Decreto 310/2016, de 29 de julio, por el que se regulan las evaluaciones finales de Educación Secundaria Obligatoria y de Bachillerato, ha avivado aún más si cabe el debate acerca de si las llamadas reválidas son o no una forma eficaz de mejorar la enseñanza. Hasta ahora solo teníamos como referente de reválida la Selectividad o Pau, cuyo propósito no es tanto determinar si el alumno tiene conocimientos mínimos de las áreas de 2º de Bachillerato, cuanto servir de criba de cara a la solicitud de plaza en la Universidad. 

Especialmente en Primaria y Eso, los conocimientos adquiridos en los centros debieran ser determinados por los docentes que les han dado clase y no a través de fuentes ajenas al proceso de enseñanza. Es en el centro, a pie de aula, donde se pueden tomar las decisiones necesarias para mejorar las competencias de cada alumno, humanizadas, individualizadas, contextualizadas, aplicando pluralidad de metodologías e instrumentos de evaluación que se ajusten a necesidades y retos que requiera el proceso.

Una prueba externa a lo sumo debiera ser un instrumento técnico que sirva de información para estudios comparativos que lleven a la reflexión y evaluación del estado de la educación nacional. La decisión del último ejecutivo de legislar pruebas finales, vinculantes de cara a futuras opciones de formación en Eso y Bachillerato, supone un claro retroceso en la mejora de la calidad del proceso de enseñanza, además de afectar de manera directa a alumnos en situación de exclusión social o con problemas graves de aprendizaje.

Una reválida rompe ya de por sí con la autonomía e independencia del docente y de los centros para determinar de forma directa, a través del día a día en el aula, del proceso de aprendizaje de cada alumno. Los instrumentos de los que dispone el docente ya debieran ser suficientes para determinar el grado de competencia del alumno, sin necesidad de pruebas ajenas a ese proceso. Y si no lo fueran, debieran reconfigurarse los instrumentos evaluativos de enseñanza y aprendizaje, pero dentro del propio contexto en el que se insertan. 

Además de esto, las pruebas de las reválidas responden a modelos estandarizados de evaluación, muy alejados del tratamiento individualizado y la pluralidad de instrumentos de evaluación y metodologías de aula que ofrece la escuela. La filosofía pedagógica centrada en competencias y formas innovadoras de enseñar y evaluar, presente en la legislación actual, invita al docente a buscar la pluralidad metodológica y la adaptación de la enseñanza a los diferentes contextos sociales del alumno, así como su propio perfil personal, su forma de aprender y su trayectoria dentro de la escuela. 

Por el contrario, la reválida no piensa en cada alumno, sino en el Alumno genérico, y establece pruebas que no tienen porqué coincidir con los métodos de evaluación utilizados por el docente a lo largo de la Eso o el Bachillerato. Esto genera en el docente una preocupación añadida, que debilita enormemente su inquietud por innovar y le obliga por decreto a "dar el temario" en función de lo que dicta la reválida, dejando de lado metodologías activas y colaborativas, agrupamientos y formas de evaluar que no faciliten lo que va a pedir la reválida. Se le añade al docente la obsesión por ajustarse a la prueba, obviando necesidades pedagógicas que exige cada momento del proceso de aprendizaje.

Este es el mayor peligro de las reválidas, que deshacen el camino andado por numerosos docentes innovadores y aleja del cambio educativo a los que ya de por sí eran reticentes. Además, supone una grave contradicción, una paradoja inquietante: La política educativa defiende por un lado la innovación, el uso de metodologías colaborativas y de instrumentos nuevos de evaluación, así como una evaluación final individualizada, que tenga en cuenta el proceso de aprendizaje, pero por otro lado condena al alumno a pasar por la batidora de la reválida, y que ésta sea vinculante en su futuro formativo. 

¿No supone acaso esta decisión el mensaje directo y contundente de que es mejor volver a las viejas formas de enseñanza, basadas en pruebas escritas individualizadas y el ajuste literal a un temario? Sí, sí, innova todo lo que quieras, pero al final el alumno deberá pasar por vicaría y demostrar lo que sabe a través de una prueba. Utilizo la cursiva adrede. El uso de una sola prueba, escrita e individualizada, rompe con la necesaria diversidad metodológica que requiere que cada alumno alcance todas las competencias. Por supuesto, los docentes que ya utilizaban metodologías centradas en el dominio de un temario a través de tareas estandarizadas, casi siempre enlatadas por las editoriales, no tendrán muchos problemas a la hora de adaptarse a la reválida; se sentirán cómodos, incluso casi aliviados de seguir la linde que otros les marcan, sin renglones torcidos. Pero no sucede lo mismo con aquellos docentes que emprendieron sendas de renovación pedagógica, a menudo con el solo sostén de su ilusión. Introducir una reválida en la Eso atenta gravemente contra ese movimiento de renovación que ya empieza a despegar en numerosos centros de España y que la política educativa parece alabar tan solo de cara a la galería, como publicidad y no como verdadera voluntad de cambio.

Más aún, ¿no supone la reválida una vuelta atrás en los logros alcanzados en materia de autonomía de los centros para decidir sobre el nivel de competencia real de cada alumno? Con la reválida, el proceso de enseñanza se parece a una oposición, cuyo objetivo no es la mejora del aprendizaje de los alumnos, sino su uniformización prescriptiva. El docente pasa de ser un educador a convertirse en un operario de la administración que vela para que el alumno supere la prueba. El poder de determinar el nivel de competencia pasa del docente al Estado. Y no solo eso, el carácter vinculante y demarcador de la reválida lo convierte en una peligrosa herramienta de división social y económica, un arma política que atenta contra del principio democrático de justicia social. La reválida es sin duda una herramienta política, no meramente un instrumento educativo. 

El sistema hasta ahora cedía a los docentes y sus centros la responsabilidad de decidir sobre el grado de competencia adquirida por sus alumnos, confiaba en que solo ellos podían comprender sus necesidades y adaptar la intervención a los retos que plantea cada día, más aún en la etapa de educación obligatoria, donde se cuidan aspectos delicados de maduración personal que requieren sensibilidad y buen pulso, virtudes imposibles de cuantificar a través de pruebas estandarizadas. Esta autonomía, esta confianza queda rota con la reválida. Es más, establece un criterio de calidad uniformante, ajeno a la realidad de cada centro, que puede convertirse en metro que mida si un centro es "bueno" o no. 

Ya con la Pau muchos centros medían sus notas con otros centros, mirando si habían sacado mejores notas que el resto de centros de su ciudad. Imaginad esta neurótica actitud en los centros de Primaria y Eso. La calidad deja de medirse a través de un proceso de aprendizaje individualizado, para convertirse en una carrera en la que todos, independientemente de sus condiciones, deben superarla. Y no solo es un imperativo para el alumno, lo es también para el propio centro, que acabará midiendo su modelo de calidad a través de esos estándares.

Existía en los centros mucho escepticismo en relación a las pruebas externas no vinculantes del Informe Pisa; eran más una molestia que una ayuda extra. Además, no hacían sino confirmar lo que ya cada centro sabía acerca del nivel de competencia de sus alumnos. No he observado el mismo escepticismo en relación a la reválida. La prueba externa no tenía peso, no era vinculante, no afectaba al proceso de enseñanza; la reválida sí. Su influencia directa sobre la nota final y la promoción del alumno puede acabar convirtiéndose en un elemento más del sistema, con el que, como ya indiqué más arriba, muchos docentes se sientan cómodos y tranquilizados. Tener alguien que desde fuera te prescriba lo que se debe aprender y de qué forma, tener a tu disposición materiales de editoriales que te faciliten todos las tareas, es para muchos docentes agua bendita. Pero ¿es este el modelo de enseñanza al que queremos aspirar? Curiosamente, ningún técnico, jefe de servicio o ministro de educación se atrevería a decir algo así en público. Y sin embargo, sus decisiones conducen a lo contrario.

Por otro lado, la reválida como tal es una prueba que anula el carácter subjetivo, creativo y crítico del conocimiento, reduciéndolo a meros datos que hay que reproducir a través de una prueba estándar. Subyace en este modelo la instrumentalización del conocimiento como herramienta de selección social y económica, que contribuye al debilitamiento de la creación cultural y la conciencia sociopolítica de los futuros ciudadanos. Estas virtudes, resistentes a la cuantificación, le son ajenas al técnico que elaboró este real decreto, para quien lo único relevante es el correcto engrasado de la maquinaria.

A los docentes no nos queda otra que disentir; debemos cumplir con nuestras obligaciones como trabajadores, pero facilitar dentro de nuestro margen de maniobra que nuestros alumnos no se vean afectados por este despropósito. Quien esté leyendo esto y sea docente, me entiende. Ya existen algunos gobiernos autonómicos y no pocos centros educativos que o se están negando a ser cómplices de este decreto, interpretando la ley dentro de sus límites prescriptivos, o bien están dispuestos a buscar estrategias que compensen la injerencia de la reválida en el proceso de aprendizaje. Las asociaciones de padres pueden ser un elemento de presión social sobre la administración educativa, pero para ello deben estar informadas. 

No debemos tener miedo. Ya he escuchado a muchos docentes confesar su temor a la reválida, su obsesión por no llegar a dar el temario, no cumplir las expectativas del decreto, incluso tener la espada de Damocles de los padres sobre su cabeza... Y esta preocupación empieza a cuajar incluso en el profesorado de Primaria -¡es terrible que esto suceda!-, en niveles donde la metodología de aula debiera ser activa y participativa, gamificada, muy lejos del modelo evaluativo que prescribe la reválida. 

La reválida divide al profesorado y pone a éste frente a los padres, muchos de ellos también preocupados de cómo este nuevo elemento evaluativo puede afectar al futuro de su hijo. Esta división de la comunidad educativa es utilizada por el Estado como forma de coerción indirecta. Muchos padres pedirán cuentas al docente sobre su capacidad para hacer que su hijo saque buena nota en la reválida. No le importará el proceso de aprendizaje o lo que su hijo ha aprendido, los obstáculos que ha superado; solo quiere saber si pasará de nivel. Esta presión se volcará sobre el docente, especialmente aquel que utilizaba metodologías innovadoras, obligándole a ceder a un único objetivo: preparar a sus alumnos para la prueba.

El miedo es un arma poderosa, que favorece el repliegue, la vuelta a actitudes conservadoras. No sé si es lo que realmente busca esta ley, pero lo puede conseguir. Por eso es tan importante que el profesorado esté unido y haga un ejercicio de pedagogía interna, tanto entre los docentes como con los padres. No va a ser fácil; las reválidas dan un balón de oxígeno para aquellos que recelaban o rechazaban la innovación educativa, entendida ésta no meramente como la utilización de herramientas tecnológicas, sino como una verdadera renovación pedagógica. Y hasta la fecha pocos padres entendían en qué consiste esta renovación, observada con sospecha más que curiosidad; es necesario buscar un modelo de comunicación con los padres que explique esto de forma sencilla y tranquilizadora. Más difícil aún será encontrar una forma de equilibrar las exigencias de la reválida y la coherencia metodológica dentro del aula, un reto añadido que muchos docentes esquivarán por mera comodidad. Ser innovador ya era antes difícil; ahora exige un plus de equilibrismo, más aún teniendo a la ley en contra. Triste. ¿Imposible? No.

6 comentarios:

Raúl Gijón dijo...

Excelente reflexión, Ramón.

Ramón Besonías dijo...

Gracias, Raúl. Hoy a partir de las 10 de la noche ‪#‎debate‬ sobre las ‪#‎Reválidas‬ en ‪#‎Twitter‬ con el hashtag ‪#‎Eduhora104‬ ¿Te apuntas?
Los docentes necesitamos permanecer unidos bajo una voz común que haga presión y difunda el cambio educativo. Quien calla, otorga. Os esperamos esta noche. Hablad, que se os oiga alto y claro.

José Luis Lomas dijo...

No puedo estar más de acuerdo contigo. Gracias. Comparto

José Luis Lomas dijo...

No puedo estar más de acuerdo contigo. Gracias. Comparto

BERNABEU PELLUS Antonio dijo...

Hola Ramón!, aunque soy docente en la etapa de Primaria, ya he padecido en mis carnes y en mis alumnos, el "martillo" de las pruebas de diagnóstico en 3º y 6º de Primaria. He podido comprobar su inutilidad, superficialidad y la pérdida de un hermoso tiempo.
La reválida (sin conocerla a fondo), no deja de ser más de lo mismo.
Ojalá se les abran los ojos a los que todavía los tienen cerrados y no ven más allá de su mesa de despacho.
Gracias por tu estupenda reflexión.

Anónimo dijo...

La web www.revalidas.es ofrece mucha información sobre las pruebas.