Ruido en las aulas



A medida que uno va teniendo experiencia en este arte imponderable de educar, a no ser que se arme de paciencia y entusiasmo, y de vez en cuando haga un ejercicio de autocontemplación de cómo enseña, el paso diario por las aulas puede convertirse en una empresa tediosa e insufrible. La ilusión y una autocrítica constructiva son dos pilares esenciales para conseguir músculo y salud en esta profesión.

Si nos conformamos con pensar que los fracasos en el aula se deben solo a factores externos -la pasividad de las familias, la sociedad de consumo que infantiliza a nuestros alumnos o una política educativa mediocre-, estaremos siempre pegándonos contra un muro imposible de siquiera arañar, y peor aún, nos entrará una úlcera. La excusa de 'balones fuera' no funciona ni consuela. Un futbolista no se pregunta: ¿Por qué me ha tocado un contrario tan difícil? Entrena, diseña estrategias y juega. Y si pierde, rediseña la estrategia y vuelve a jugar, y sigue entrenando. 

Si algo he aprendido en mis años como docente es a tener paciencia y a considerar que cuando uno entra en su aula, solo él es responsable -no confundir con culpable- de lo que allí sucede; ni los padres, ni la sociedad, ni el ministro de Educación, solo de ti depende lo que allí suceda. Igualmente, no tener en cuenta la realidad de tus alumnos es un error de percepción que hace que te laves las manos cuando algo falla, pero que no soluciona la raíz del problema en el aula. El objetivo -no conviene olvidarlo- no es que aprueben, que estén calladitos o que te hagan caso; el reto es que aprendan, y que lo hagan teniendo en cuenta la realidad desde la que parten, su cultura de trabajo, sus virtudes a potenciar, sus inercias a pulir. El reto es generar interés, curiosidad, ganas; arañar la espesa capa de somnolencia que acumulan, a menudo por un mal enfoque educativo y una mochila de experiencias vitales no siempre sanas y deseables.

Hace unos días, una compañera me preguntaba qué tal me iba con los alumnos de 1º de Eso (considerados disruptivos y con un nivel de competencia bajo). Bien -le confesé-, estoy aprendiendo de ellos, y ellos de mí. Me oí a mí mismo diciendo eso y me hizo pensar. Y me reafirmo. Aprender de tus alumnos es esencial. Entenderles, observar cómo aprenden, qué les ilusiona, encontrar ese hueco desde el que se cuela la curiosidad. Programar mis clases en función de estándares fríos, sin tener en cuenta cómo aprenden mis alumnos, es como intentar achicar un océano. He conocido a muchos docentes amargados con clases que no les entienden y pasan de ellos, docentes a los que les cuesta entender hasta qué punto un cambio de perspectiva aliviaría su estrés y mejoraría su intervención en el aula. 

Lo sé, es difícil cambiar de enfoque. Pero merece la pena intentarlo. Aunque sea por salud. A veces me veo intentando cambiar conductas en el aula y, de pronto, darme cuenta de hasta qué punto mi actitud en nada ayuda a mejorar lo presente, sino todo lo contrario, a generar aún más confusión en mis alumnos. Entonces me recuerdo lo que es importante: no tanto tener la sensación de control sobre la clase o de que mis alumnos hagan lo que yo tenía programado (a veces lo que no funciona desde tu percepción sí lo hace desde la suya), sino evaluar si bajo este contexto de aprendizaje mis alumnos son capaces de aprender. Ahora bien, para comprender esta forma de percibir la clase hay que liberarse de prejuicios acumulados desde que éramos alumnos y que nos inocularon durante la carrera y las oposiciones. Liberarse del modelo industrial y reproductivo de instrucción educativa, abrir los aprendizajes a la vida cotidiana de los alumnos, concebir la clase más como un taller creativo que un pabellón penitenciario. 

Una de las razones por las que a muchos docentes no les agrada la innovación educativa que defiende el trabajo activo y colaborativo, la creación de contenidos y no su mera asimilación memorística, es por el ruido que genera en las aulas. Sin embargo, ese ruido se debe más a una sensación de pérdida de control sobre el proceso de enseñanza que un elemento dispersor del aprendizaje. Sensación que se cura con práctica, con mucho ensayo y aprendizaje del docente en estas metodologías de aula. Es natural que un docente que viene del modelo libro-examen-nota, al aplicar de nuevas una metodología por proyectos acabe teniendo la sensación de estar en un campo de batalla del que saldrá escaldado y que no conviene seguir practicando. Por eso, suelo recomendar a quienes se inician en estas metodologías que lo hagan con pequeños ensayos, proyectos de corta duración y tareas breves, pero bien programados (tiempos, espacios, tareas) y evaluados (¿qué quiero que aprendan?); incluso no está de más que diseñen esos primeros proyectos de aula con otro compañero de centro. La colaboración mutua ayuda a quitar miedos y a desengrasar inercias acumuladas. Además, cómo enseñar a trabajar de forma colaborativa si nosotros no aprendemos a enseñar también colaborativamente, en red con otros docentes.

No quisiera cerrar esta reflexión sin insistir en lo más importante: sin ilusión no se hace nada. Entrar en el aula con la firme convicción de que la escucha y la paciencia son armas de construcción masiva. Yo estoy aprendiendo este curso a disfrutar con mis alumnos, me impongo a mí mismo este reto. ¿Te apuntas?

3 comentarios:

Paula Criado dijo...

Descubrí hoy tus numerosos blogs y la verdad es que son muy motivadores. Como profesora soy bastante novel ya que he comenzado la práctica realmente este año y a pesar de que vivo para la educación y intento innovar al máximo, a veces me sucede lo que explicas en este artículo, aún así es cierto que con ilusión, experiencia y paciencia se conseguiran resultados.

Intentaré seguir lo que haces que me parece muy interesante. En mi colegio/instituto desafortunadamente no quieren trabajar colaborativamente y llevan a cabo una metodología bastante clásica pero yo intento hacer lo que puedo:

http://intheartclassroom-paula.blogspot.com.es/

Ramón Besonías dijo...

Gracias, Paula, por tu comentario. Tienes razón que la ilusión, el contagio es el reto. Un abrazo y ánimo. Felices Fiestas.

Fernando Peña Roman dijo...

Sin duda ser docente no es tarea sencilla, pero debo admitir que para mi es maravilloso, y es un reto que sin duda debe ser valorado comenzando por nosotros mismos. El simple hecho de que escribas tú experiencia y las formas en que has tenido que lidiar con ello significa que tú lo eres y debes de estar muy orgulloso de serlo, sobre todo por que en tus manos está el futuro de muchos niños que son parte del futuro de la humanidad.

Excelente aportación, seguiré leyendo tú blog.